Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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El duque de Beaufort estaba en todas partes, activando el embarco con el celo y el interés de un buen ca-
pitán, mostrándose cariñoso hasta con sus más humildes compañeros, y reprendiendo a sus tenientes por
muy encumbrados que fuesen. Todo quiso inspeccionarlo Beaufort: artillería, provisiones, bagajes, equipos
y caballos. Frívolo, jactancioso y egoísta en su palacio, el duque, ante la responsabilidad que había contraí-
do, era otra vez soldado, el gran señor capitán.
Estando Beaufort, satisfecho de su inspección, aparentemente a lo menos, felicitó a Raúl, dio las últimas
órdenes para darse a la vela al clarear el nuevo día, y convidó a su mesa al conde y a su hijo, que so pretex-
to de atender a necesidades del servicio, declinaron la honra que les hacía el duque. Athos y Raúl se fueron a su posada, situada a la sombra de los árboles de la plaza Mayor, y cenaron apre-
suradamente. Luego el conde condujo a su hijo a los peñones que dominan la ciudad, vastas y plomizas
montañas desde las cuales se descubre un horizonte líquido tan lejano, que parece estar al nivel de ellas.
Como suele en aquel templado clima, la noche estaba hermosa, la luna, al levantarse a espaldas de los
peñones, cubría con una argentada sábana la azul alfombra de la mar; en la rada maniobraban silenciosa-
mente las naves que venían a ocupar el sitio que les estaba designado para facilitar el embarco. La mar,
cargada de fósforo, se abría bajo las quillas de las barcas, que con sus cabeceos parecían querer sondear
aquel abismo de blancas llamas, mientras de los remos se desprendían líquidos diamantes. En alas de la
brisa, llegaban los cantos sencillos y lentos de los marineros, alegres por la generosidad del almirante, y a
sus voces se unía de vez en cuando el rechinar de cadenas y el ruido sordo de las balas al caer en las bode-
gas. Espectáculo y armonías que, como el temor, oprimían el pecho, pero que también, como la esperanza,
lo dilataban. Athos y su hijo se sentaron entre las malezas y sobre una alfombra de musgo del promontorio,
y por encima de sus cabezas iban y venían los corpulentos murciélagos, arrebatados por el espantos torbe-
llino de su ciega caza. Raúl sacó los pies fuera del acantilado y los dejó que se bañaran en aquel vacío po-
blado por el vértigo y que invita a la muerte.
Cuando la luna, ya alta, inundó con su luz los vecinos picachos, cuando el espejo del agua quedó ilumi-
nado en toda su extensión, y los fanales de a bordo hubieron formado cada uno de ellos un punto rojo lumi-
noso sobre la negra mole de cada nave, Athos llamó a sí todos sus recuerdos y todo su valor, y dijo a Raúl:
--Dios ha hecho cuanto vemos, Raúl y también a nosotros, átomos de ese gran universo. Brillamos como
aquellos faroles, como las estrellas: suspiramos como las olas, sufrimos como aquellas grandes naves que
se consumen arando las aguas, obedientes al viento que las lleva hacia su puerto, como a nosotros el soplo
de Dios nos empuja a nuestro fin. Todo ama y vive, Raúl, y todo cuanto vive es hermoso.
--Realmente es maravilloso el espectáculo que tenemos ante nuestros ojos, --repuso el vizconde.
--¡Qué bueno es D'Artagnan! --interrumpió inmediatamente Athos, --¡qué dicha el haberse apoyado
toda una vida en un amigo como él! Esto os fa faltado, Raúl. Yo no era un amigo para vos.
--¿Por qué, señor?
--Porque os he dado ocasión de que pudierais creer que la vida no tenía más que una fez, porque ¡ay!
triste y severo, sin querer he cortado siempre los alegres capullos que sin cesar brotaban del árbol de la ju-
ventud; en una palabra, porque en este instante me arrepiento de no haber hecho de vos un hombre expan-
sivo, disoluto y casquivano.
--Ya sé por qué me decís eso, señor, --dijo el vizconde. -- Pero estáis en un error, no sois vos quien me
ha hecho lo que soy, sino el amor que me sorprendió en un momento en que los niños sólo tienen inclina-
ciones; sino la constancia propia de mi carácter, constancia que en los demás es un hábito. Creí que toda mi
vida sería como era; que Dios me había puesto en un camino recto, orillado de frutas y de flores. Protegido
por vuestra vigilancia y vuestra fuerza, me tuve por vigilante y fuerte, y como estaba preparado, a la prime-
ra caída he perdido el valor para siempre. No, sólo para mi ventura figuráis en mi pasado, señor, en mi por-
venir sois mi esperanza. Nada tengo que decir de la vida tal cual vos me la habéis dispuesto, y por es os
bendigo y os amo de todo corazón.
--Vuestras palabras me hacen bien, mi querido Raúl, y me prueban que en los días que vendrán haréis
algo por mí.
--Todo lo haré por vos, señor.
--Raúl, lo que hasta ahora no he hecho por vos, lo haré en adelante. Seré vuestro amigo, no vuestro pa-
dre. A vuestra vuelta, que será pronto, ¿no es verdad? frecuentaremos el trato de las gentes en vez de vivir,
como hasta ahora, aislados.
--Sí, señor, pues una expedición como esa no puede ser larga. Así pues, dentro de poco tiempo, en vez
de vivir módicamente de mi renta, os daré el capital de mis tierras; eso os bastará para lanzaros al mundo


 

 
 

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